domingo, 14 de noviembre de 2010

Nota de Juan Crespo para Revista Llegás

Después de su ópera-prima Dixit, la directora y dramaturga Jimena Aguilar vuelve a la carga con el más misterioso y mainstream de los interrogantes: ¿de que hablamos cuando hablamos de amor? En esta oportunidad, con Baladí, Aguilar transita por carriles más clásicos que su anterior trabajo y hace foco en la relación semi-desgastada de Chico y Edelsa, que organizan en su propio hogar un torneo interbarrial de palitos chinos para reinventar su vínculo. Mientras esto sucede se entremezclan rivales para la partida, mujeres descalzas de latitudes lejanas, cuerpos poseídos y una terapia a domicilio con base astrológica que nadie solicitó. Puro caos. Casi naufragando, la pareja protagónica apela a flashbacks intrasubjetivos reconstruyendo en la fantasía el momento más feliz que puede vivir una pareja: el día en que se conocieron. Con ese ir y venir, las coordenadas cronotópicas estallan alentándonos a concluir que en ciertos momentos el amor es una psicosis. En Baladí resuenan ciertos recursos dramatúrgicos de Spregelburd (específicamente los de su obra Lúcido), donde las experiencias psíquicas de extrañamiento en la percepción se conjugan con un texto de erudición pedagógica. También el grupo actoral responde de forma sólida y ordenada a esto, fluctuado su representación –extremándola– de acuerdo con el “momento” de realidad (o no) que esté transitando. Quizás cuando hablamos de amor hablamos de una enfermedad crónica y vital, pero Baladí no se regodea con el desgarro que esto provoca y sugiere que para una pareja no hay nada que un sillón y una canción sensible no puedan suturar. Aunque después todo se repita de nuevo.

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